México.- Cuando Marco Antonio Rubio se decidió a pelear de igual a igual, desperezándose y exhibiendo algún apetito de victoria, era ya el séptimo round de la pelea, y la ventaja de Julio César Chávez amplia en demasía, obligándolo a presionar con la fuerza de una pasión por un golpe salvador para intentar creer que no todo estaba perdido. De ahí en más repartieron disparos en cantidades parejas, pero se evidenció que eran dos combatientes de tamaños diferentes. Chávez es un mediano grande, con estatura de semicompleto -1.86, el tercer campeón más alto entre los medianos, sólo detrás de Keith Holmes y de Kelly Pavlik--y Rubio es apenas un mediano. La diferencia marcaría el rumbo de la pelea.
Julio César administró su trabajo, y lo hizo con eficiencia. Han de saber que un combate se administra como se administra dinero en la bolsa, para no gastar de más, para no precipitarse, para no pagar un precio excesivo. La pelea no fue espectacular ni podía serlo, lo sabíamos. Fue aun mejor que mis expectativas, porque Rubio se prodigó en trabajo, que es lo que no hace habitualmente. Bastaría contar el número de jabs que lanzó para comprobar que no especuló como otras veces. Habíamos dicho "veremos una pelea intensa, no buena". Lo muy bueno no puede salir a flote cuando uno es un calculador de raza (Rubio), y el otro un tiempista utilitario (Chávez) que arriesga sólo lo necesario, ni más ni menos.
Chávez Junior sobrenada otra vez los pronósticos catastrofistas habituales antes de sus peleas. "Que cuando lo reta el Veneno mira para otro lado", "que le tiene miedo", "que el Veneno sí noquea al inflado de Televisión Azteca". El Veneno es un buen peleador que no pertenece a la élite del boxeo. Durable sobre el ring y con capacidad para recibir castigo prolongado, está ubicado cómodo en un segundo escalón de calidad. Está muy lejos de la espectacularidad que muchos soñaron que podía ponerle a esta pelea y que era imposible en realidad. Chávez le ganó por poco margen muchos rounds, casi todos. Así se da una puntuación disparada en un enfrentamiento en el que la ventaja del campeón fue indiscutible, aunque no abrumadora.
Ahora, ¿si Chávez es tanto más grande por qué no noqueó al Veneno? No estuvo ni cerca de conseguirlo y tampoco lo intentó, seguramente porque sabe que Rubio resiste lo que le tiren y porque buscar noquear era exponerse a una réplica intempestiva que siempre es posible de hombres como Rubio, que pegan, y si conectan bien pueden provocar un desastre. La pelea careció de cambios de ritmo, excepto en los dos últimos rounds, cuando Rubio sacó las últimas fuerzas de sus entrañas procurando lo imposible. Cada uno con su librito y sin apartarse de lo planeado, transcurrió casi todo el combate. Marco Antonio necesitaba faltarle el respeto al campeón en los primeros minutos, como condición indispensable para provocar un desorden del que sacar partido, y no supo o no pudo hacerlo.
Rubio tenía un esquema preconcebido, pero no contó con que sus golpes serían muy poco poderosos al buscar la humanidad de un enemigo mucho más grande. Conceder ventajas en el peso es de valientes, pero economiza demasiado las aspiraciones de victoria. Yo no estoy de acuerdo en que Marco Antonio Rubio fue un fiasco, ni mucho menos. ¡Es que a veces no se puede! Y el que un rival sea superior o que nuestros golpes no hagan daño es algo cotidiano en el boxeo. Puede suceder y sucede. Hay que aceptarlo. Los golpes de Rubio no hacían mella en Julio César Chávez y al no romper la defensa del campeón, el aspirante tuvo que conformarse con ejercer un ataque superficial, a las capas frontales de su oponente, con lo que es imposible doblar la resistencia enemiga. Los golpes del Junior, a diferencia, eran profundos en las réplicas y penetraban pulverizando la resistencia. Lo que solemos describir como "un estate quieto". Un golpe de a de veras en el boxeo tiene que introducirse como un cuchillo en la carne para hacer diferencias claras.